Quito de antes, Quito de hoy


Especial de El Comercio:
Quito, 40 años Patrimonio Cultural de la Humanidad

8 septiembre 2018




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Sonidos de Quito. Especial El Comercio (6 dic, 2013)

Quito, a principios del siglo XX, fotografiado por José Domingo Laso.


José Domingo Laso, el fotógrafo que amó a Quito


La creciente presión turística sobre el centro histórico de Quito
Soraya Constante, 22 sep. 2015, El País

Plaza Grande. Tomado de: El Catoblepas
Plaza Grande. Tomado de: El Catoblepas
Quito 1875. Foto: Whimper vía Nicolás Svistoonoff con Fray Pedro Gocial Museo Franciscano
y  Santiago Zurita Acurio /
Historia del Ecuador

Carruajes. 1900 aprox. Foto: Historia del Ecuador

Plaza Grande. Foto: Ecuavisa
El Panecillo visto desde la Plaza Victoria. Fotografía de 1920. Autor desconocido /
Historia del Ecuador
Instituto Normal Juan Montalvo, fundado por Eloy Alfaro en 1901.

Palacio de Gobierno 1904. Autor desconocido.
Via Eduardo Espinosa Mora
y Santiago Zurita Acurio / Historia del Ecuador
 
Colegio Femenino Espejo (1922).
Colegio Femenino Espejo (1922).
Instituto Nacional Mejía.

Calle Guayaquil (1926). Foto: Remigio Noroña / Historia del Ecuador

Vista a la Plaza Grande desde la Catedral (1954). Foto: Luis Ortiz Bilbao/
Historia del Ecuador

Iglesia de La Compañía de Jesús.
Foto: Jacob J. Gayer, de National Geographic (1929)/Historia del Ecuador

Plaza de Sto. Domingo, 1950. Foto: @ecuadorhistoria Historia del Ecuador
Estadio Olímpico Atahualpa, Quito, 1951

Biblioteca Nacional, 1954. Foto: @ecuadorhistoria Historia del Ecuador

Transporte urbano (1954). Frente al Alameda. Foto: cortesía Nicolás Svistoonoff/
Historia del Ecuador
Plaza de Santo Domingo. Foto: @ecuadorhistoria Historia del Ecuador
La Marín. Década de 1960. Foto: Francisco Núñez / Historia del Ecuador 


 Avenida 12 de Octubre. Foto tomada desde el Hotel Quito. Fines 1960-inicios 1970.



Mural de Oswaldo Guayasamín en Universidad Central del Ecuador. Quito, 1963

La Alameda, 1967.  Foto: El Comercio


Av. 10 de Agosto y Orellana, 1974. Foto: El Comercio.



Av. González Suárez, 1974. Foto: El Comercio.




Estadio El Arbolito, 1962. Foto: El Comercio




Av. Naciones Unidas, 1972. Foto: El Comercio

Seminario Mayor, 1977. Foto: El Comercio




Iglesia de San Blas, 1976. Foto: El Comercio.


Aeropuerto Mariscal Sucre

Plaza de Sto. Domingo, 1979. Foto: El Comercio.




Plaza del Teatro, 1980.  Foto: El Comercio





Construcción paso a desnivel frente a Bco. Central, 1971.
Foto: Rincón Retro con Lider Luis Alfredo y Enlace Tic Voip





Calle Rocafuerte, década 1970s. Foto: Michelena.



Casa en Avenida 12 de Octubre
Plaza de San Blas

Plaza Grande. Década 1960. Foto: Santiago Zurita / Historia del Ecuador 

 Huelga 23-24 marzo 1983, gobierno Oswaldo Hurtado. Foto: El Comercio

 1990: primer levantamiento indígena. Foto: El Comercio

 Juan Pablo II en el Estadio Olímpico Atahualpa, Quito, 1985.
Patio interno Arzobispado (2010). Foto: Omar Gobbi

Procesión de Jesús del Gran Poder. Foto: Pato Chávez
Procesión de Jesús del Gran Poder. Foto: Pato Chávez
Procesión de Jesús del Gran Poder. Foto: Pato Chávez 
Quito y sus montañas. Foto: Cristóbal Ocaña @Cris2040
Pintura. Página de @aguedapallares Agueda Pallares
Casa de La Loma. Página de @aguedapallares Agueda Pallares
Quito panorámico. Foto: diario La Hora
Plaza de San Francisco. Foto: Andes

Quito de noche. Foto: Cristóbal Ocaña @Cris2040

Vista de los valles, el Cotopaxi al fondo. Foto: Cristóbal Ocaña @Cris2040
La Compañía. Omar Arregui, Quitomas
Basílica al fondo (2007). Foto: David Thyberg
Palacio de Gobierno (2006). Foto: Omar Gobbi
Plaza de Santo Domingo (2006). Foto: Omar Gobbi
Foto: J.L Espinosa-Naranjo @Ambalaser
Panorámica Quito de noche. Foto: Jorge Díaz @Zaid_Fotografia

Iglesia de San Francisco por dentro. Foto: Cristóbal Ocaña @Cris2040
Centro Histórico. Foto: Cristóbal Ocaña @Cris2040
Iglesia de San Francisco. Foto: Cristóbal Ocaña @Cris2040
Quito nocturno. @FotoEcuador Foto Ecuador
Panorámica de Quito. Foto:  Mr. Excremento @Caca_De_Pato
A 2.000 pies de altura. Omar Arregui, Quitomas
En cana. Omar Arregui, Quitomas
El policía es su amigo (2010). Omar Arregui, Quitomas
Gas policial (2010). Omar Arregui, Quitomas
Espumilla sin espuma. Omar Arregui, Quitomas
Guagua botado. Omar Arregui, Quitomas
Guaguas en la plaza. Omar Arregui, Quitomas
Aires de centralidad. Omar Arregui, Quitomas
Desde el Sur. Omar Arregui, Quitomas
Desde tus espaldas. Virgen de Quito. Omar Arregui, Quitomas
Quito y el Cotopaxi, visto desde el Swiss Hotel. Foto: Talavan
Quito. Mural de Pablo Mora
Don Quijote en mi Quito. Mural de Pablo Mora

Colegio Municipal Sebastián de Benalcázar




Tráfico vehicular al nuevo aeropuerto de Quito (2012). Foto: La Hora
Protesta Colegio Mejía, Quito, junio 2018. Foto: La Hora

La Compañía, Fiesta de Luces, Centro Histórico, 2018 


Santo Domingo, Fiesta de Luces, Centro Histórico, 2018
Top Tour Quito, julio 2018

El Conejo Velasco - Película documental de Pocho Alvarez

Quito, 16 de julio de 2012

EL CONEJO VELASCO
Película documental

Sinopsis


La fugaz vida de Fernando Velasco Abad, contrasta con la permanencia de su pensamiento y obra, treinta y tres años después de su partida calendario.

Los agudos sonidos de una sierra van ganando presencia, la moladora y su quejido de metal irrumpe e inunda el ambiente saturado de ruidos que llaman gritos.

Solamente el sonido eléctrico de la suelda y su brillo de luz agudo establecen una pausa. Poco a poco, una armazón de hierro va ganando cuerpo y en la medida en que ésta crece, el sonido metálico de la construcción de la estructura se va apagando.

Las manos del escultor y su pesado diálogo de tierra han reemplazado al grito de las máquinas y junto al cadencioso palmoteo que compacta la arcilla en la armazón metálica, el silencio creador del escultor Howard Taikeff inunda el ambiente del taller. Su soledad creativa va dando forma, lenta, morosamente a la escultura. Los otros materiales y herramientas, habitantes del taller, mudos testigos del trabajo creador, miran desde el silencio, el esfuerzo del artista.

En una mesa contigua, regadas junto a las herramientas o pegadas sobre un bastidor, una serie de fotografías, del Conejo Velasco en sus tres únicas edades, la niñez, la adolescencia y la juventud, acompañan con sus ojos el baile de las manos del artista. Un pequeño boceto de barro, el primer ensayo de la escultura que se propone realizar, roba la mirada del escultor. Los ojos penetrantes de Howard van de las formas del boceto a las fotografías, y a la escultura en ciernes. Son viajes permanentes, un ir y venir de párpados y manos que buscan responder a la pregunta, ¿Quién fue el Conejo Velasco?

A este interrogante profundo se plantea responder esta propuesta audiovisual. A esta necesidad de memoria para hacer historia el documental se propone alimentar. Es una suerte de minga que suma alientos, y el primer aliento sustantivo que auspicia y sostiene este soñar es la Alcaldía de Quito, la ciudad que lo vio nacer.

Reconstruir con la escultura y con la voz colectiva del recuerdo, la de los familiares, amigos y compañeros, la vida del Conejo Velasco, su tiempo de respuestas, de organización e inserción en las trincheras de la reflexión y, creación del pensamiento crítico, su aporte sustantivo a la teoría y a la práctica política, a las ciencias sociales y sobretodo al sueño de una generación y un país de gente en lucha, requiere de una cámara que recorra ese ayer con algunas luces del presente.

Pocho Álvarez W.
Director


Recordando a Fernando Velasco Abad, el Conejo - Manuel Chiriboga Vega

 
Hoy nos reunimos a recordar a un amigo, a un compañero, a un colega, a un referente para nuestra generación, que fallecido hace ya casi 33 años, no queremos dejar morir; por el contrario, queremos a partir de este acto de develización de su escultura, pasar el testigo de su memoria a las nuevas generaciones.  


Quiero recordar una frase de Javier Cercas en su novela Soldados de Salamina: “Se acuerda (el viejo y antiguo combatiente de la Guerra Civil española) porque, aunque hace sesenta años que fallecieron (sus compañeros de combate), todavía no están muertos, precisamente porque él se acuerda de ellos.” Y no queremos que Fernando se muera con nosotros, queremos que él siga viviendo, porque a partir de esta representación de él, de los documentales que estamos empeñados en producir, de los libros que pronto serán re-editados y de los eventos académicos que sobre su pensamiento se desarrollen, nuevas generaciones mantengan su memoria, de lo que el hizo y quiso hacer, hace mas de tres décadas. Con ello seguirá viviendo.
Y qué mejor que develizar su escultura en este lugar, en un parque en FLACSO que lleva su nombre y donde jóvenes como él deambulen y se sienten cerca de ella o simplemente contemplen esta figura de alguien tan joven como ellos. Y quizás se pregunten quién era ese joven que tiene una escultura en FLACSO a pesar de su corta edad.
Su vida se apagó un 9 de septiembre de 1978, cuando apenas tenía 29 años en una curva de la carretera hacia Santo Domingo de los Tsáchilas, en un accidente sin más explicación que su compromiso social y político, sin sopesar los límites de nuestra propia resistencia física. No era un viaje cualquiera aquel en que el murió, ni se dirigía a una reunión de las muchas que hacíamos entonces. Viajaba junto con varios dirigentes de la FENOC, hoy FENOCIN, Mesías Tatamuez entre ellos, a una discusión en que debía resolverse el peso que el movimiento campesino tendría en la organización política que nos cobijaba. Había posiciones políticas contrastadas sobre lo que debíamos entender como una alianza obrero campesina y ello se reflejaba en la pequeña cúpula de la organización política que habíamos establecido, el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores, MRT. Discutíamos con pasión y compromiso esas posiciones en largas veladas en que el humo del cigarrillo nublaba la vista, pero en que las horas no alcanzaban, para lograr claridad sobre ese asunto de gran importancia coyuntural en el momento.
Así que muchas veces he intentado reconstruir lo que pudo ser ese viaje a Santo Domingo. Me imagino su notable inteligencia dedicada a escudriñar en forma sistemática el contenido de cada posición y buscar una síntesis, que fuese superior a cada una de ellas, mientras manejaba el destartalado jeep en que viajaban. El resolver esa disyuntiva era fundamental para el futuro del MRT y así lo pensaba él y lo pensábamos nosotros. Fernando era de aquellos que no dejaba idea sin explorar, que no descansaba hasta intentar entender al otro, de analizar diversos escenarios para resolver disyuntivas que enfrentábamos, pero sobre todo tenía una notable capacidad de sugerir salidas, que luego cada uno pensaba que era, en ese momento, la mejor. Nunca sabremos como él nos iba a sacar de esa crisis pasajera; de hecho, sin él, esa crisis, creo yo, no encontró salida.
En el viaje Fernando manejaba un vehículo acompañado de dirigentes campesinos a una reunión en que se reunirían delegados de las diversas organizaciones regionales que entonces componían la FENOC, hoy FENOCIN. Me imagino, que en el recorrido quizás rememoraba lo que había sido su trabajo sindical y organizativo, los grandes debates y su lucha por cambiar la dirección de esa organización. Esa organización nacional campesina había sido revitalizada, re-direccionada políticamente, insertada en el movimiento sindical y campesino de izquierdas en buena parte gracias al accionar político de Fernando y quienes le acompañábamos, incluyendo esos dirigentes que viajaban con él. De hecho, su activismo social se construyó en esa organización y en las luchas por asegurar su adscripción a las líneas de izquierda revolucionaria, rompiendo con su matriz demócrata cristiana. Su dedicación a la organización social era una de las pulsiones vitales de Fernando, por lo que no había reunión, curso, taller al que no viajaba o nos enviaba. Así que ese viaje, realizado en una madrugada, para resolver temas centrales de la organización campesina, era continuidad de su compromiso con la organización sindical y campesina, que había comenzado desde edad muy temprana.
O tal vez en ese último viaje iba recorriendo sus escritos sobre campesinado y movimiento campesino. Los dilemas para entonces eran dos: ¿que segmento del campesinado debía constituirse en la base del cambio buscado? ¿Era aquel que habiendo accedido a la tierra, demandaba servicios del Estado, con quien ese Estado había constituido una alianza, para abastecer de alimentos a la ciudad y al proceso de desarrollo? o, ¿era el campesinado pobre, quedado al margen de los procesos redistributivos, en su mayor parte indígena, en el que debían cifrarse la base de una transformación social? Era el movimiento campesino o el movimiento indígena, eran las demandas socio-económicas que debían predominar en el ideario del movimiento social o eran las étnico-culturales, que debía sustentar ese proceso de cambio. Era una discusión académica que tenía en sus vértices, implicaciones políticas que seguramente se discutirían en la reunión a la que acudía y que por lo tanto, seguramente pudo repasar en ese viaje por las sucesivas curvas hacia Santo Domingo, ese día 8 de septiembre del 1978. Nunca sabremos, pero sus escritos en que buscó responder a esas interrogaciones a la realidad agraria de esa época, en constante discusión con Marx, Kautsky, Lenin, Wolf, Shanin para recordar algunos, habría de contribuir al establecimiento de las modernas ciencias sociales ecuatorianas y muy especialmente a su núcleo fundacional, los estudios agrarios.
Pero Fernando escribía bien. Cabe recordar la respuesta que dio al director del Colegio Benalcázar, que dudaba que un niño todavía, estuviera preparado para iniciar la exigente educación secundaria de su plantel. Al preguntarle qué era la literatura, contestó, recordando a su madre maestra, es la forma escrita de la belleza. Sus escritos eran exigentes no solo en el fondo, sino en la forma. Obviamente fue admitido en forma inmediata.
No fueron estos sus únicos escritos, de hecho sus primeros, se escribieron en las aulas universitarias. De esa época surgen textos como su tesis de economista, "Ecuador: subdesarrollo y dependencia", que se constituyó en un referente temprano para el pensamiento crítico ecuatoriano y para la formación de generaciones de economistas y sociólogos. En ella, recorrió en forma crítica la teoría de la dependencia y evaluó sobre esa base lo que había sido nuestra propia experiencia de desarrollo como sociedad y país. Su preocupación central en este texto fueron los caminos del subdesarrollo y la dependencia, pero también los avatares de nuestra formación como nación. En ella, como bien lo ha destacado Enrique Ayala, hay una revalorización de figuras como García Moreno y claro está, Eloy Alfaro, como constructores de la nación.
Este texto ya clásico de la ciencia social ecuatoriana acompañó en buena parte su actividad docente, tanto en la Facultad de economía de la PUCE como en la escuela de sociología de la UC. A pesar de su juventud, Fernando, el Conejo, era profesor distinguido, pero también un motivador de la curiosidad de los estudiantes sobre nuestra sociedad. Sus alumnos, muchos de ellos, apenas unos años menores, lo recuerdan como persona que jugó un papel fundamental en su formación. Así que espero que esta escultura que hoy develizamos también recuerde a los profesores que su papel fundamental es el de despertar la curiosidad académica en los estudiantes, el trabajo sistemático y riguroso, la atención al estado de las ciencias en cada momento, el enseñar a pensar por sí mismo.
O tal vez el viaje esa noche y madrugada fue aprovechado por Fernando para repasar las organizaciones que había contribuido a establecer. El CIESE, el CAAP fueron pensadas y establecidas como aquellas que permitirían realizar los estudios académicos rigurosos o las acciones de promoción social y apoyo a las organizaciones populares, tanto rurales, como urbanas. De hecho el CIESE que durante un tiempo dirigí, se constituyó en el espacio donde los nuevos estudios agrarios encontraron uno de sus derroteros principales en ese período fundacional. El CAAP, hasta hoy organización no gubernamental importante, dirigida por el compañero desde entonces, Paco Rohn, ha sido lugar de innovación en el trabajo social e impulsora constante de nuevas inquietudes y debates, como lo atestigua, su revista Ecuador Debate. Pero ellas no fueron las únicas organizaciones que él ayudó a formar; otras también le deben su capacidad de creación de instituciones y de derroteros para el país. Su mano estuvo atrás del establecimiento de FODERUMA en el Banco Central del Ecuador, pionera en los programas de desarrollo rural, política que a pesar de sus altibajos, perdura hasta la actualidad.
No sé cómo sería ese viaje, si todos dormitaban y Fernando decurría en sus pensamientos o, por el contrario, pasaron alguna hora cantando o contando anécdotas de diferente tipo. El Conejo era una persona alegre, de ojos vivaces, capaz de tararear no solo las canciones de la época, como las de Atahualpa Yupanqui o México Febrero 23, pero también otras más alegres y movidas. No puedo pensar que ese viaje fuese uno triste, Fernando no lo era. Su vivacidad no era solo de inteligencia y compromiso, era también de celebración y alegría. Recuerdo tantas anécdotas sobre tenidas largas en que la discusión seria dio paso al jolgorio, al canto, al baile, a celebrar nuestra juventud, o cuando una sesión de capacitación y concientización, como lo llamábamos entonces, daba paso a un partido de fútbol, en que El Conejo era temible delantero. Así que esta escultura la veo también como testimonio y celebración de la alegría vital de la juventud.
Todos esos debates, vivencias, sueños, compromisos llegaron a un abrupto fin ese 9 de septiembre de 1978 en que murió, cuando el cansancio venció y el jeep derrapó en una curva de las muchas que tiene esa carretera. Recuerdo como si fuese hoy, la forma como la noticia me llegó y seguramente eso le pasa a cada uno de nosotros, como buscamos arroparnos entre nosotros para pensar lo que había ocurrido, como llegamos poco a poco a la casa de sus padres y hermana, donde doña Blanca Margarita Abad Grijalva y Don Ermel Velasco Mogollón y su hermana Maty, como más tarde, llegando desde diversas partes confluimos al cementerio a dejar su cuerpo físico, los abrazos y lágrimas de ese día. Ese descampado amplio de un cementerio entonces, apenas ocupado, es tal vez el símil que he retenido de ese día en que enterramos a El Conejo, desolación y desamparo.
Pero muchas veces pienso que el papel más importante que jugó Fernando, El Conejo, fue el de darnos derrotero como generación y que mucho de lo que hemos sido desde entonces, difícilmente puede explicarse por fuera de esa intensa vivencia que tuvimos con él a mediados de la década de los 70. Todos éramos jóvenes, entre 20 y 30 años, algunos recientemente salidos de las aulas universitaria en el país o fuera, casados muchos y con hijos pequeños, Juan Fernando Velasco entre ellos, lectores empedernidos de libros en que se turnaban Marx, Mariátegui o Franz Fanon, pero también Cortázar y García Márquez, éramos sobre todo jóvenes de gran curiosidad, dedicados a analizar, reflexionar y escribir a partir de nuestras propias observaciones de lo que acontecía en nuestra sociedad. Éramos sobre todo inconformes hasta con nuestra propia inconformidad, poníamos nuestros sueños por delante y buscábamos renovar todo.
Encarnábamos el espíritu de la época, recordemos los setenta como una década de búsqueda para quienes militábamos en la izquierda. Fueron años de golpes militares violentos y represivos en buena parte de América del Sur, de desarticulación y derrota de los movimientos de izquierda que habían surgido en los 50 y 60, de constitución de un nuevo espíritu latinoamericanista a partir de las diásporas de izquierda y el exilio; pero también fue época de insurgencia contra los gobiernos oligárquicos en Centro América; fue época también de un nuevo pensamiento latinoamericano, que oscilaba entre dos polos, superar la teoría de la dependencia a partir de una aplicación del marxismo a la realidad de América Latina; y la paulatina revalorización de la democracia, cuyo contenido y dirección se disputaba; pero también era época de un gran boom cultural, en la literatura, en la música y en la pintura. De todo ello éramos portadores, nuestro bagaje estaba lleno de sueños y creatividad.
Fernando era, sin embargo, el mejor de todos nosotros, era quien permitía que todo ese compromiso, todo ese bagaje, confluyeran en una dirección determinada, pues a pesar de lo que teníamos en común, proveníamos de muy diferentes prácticas, sea desde las diversas vertientes ideológicas que entonces subdividía a la izquierda, sea desde el punto de vista de la misma práctica, unos más dedicados a los libros, otros más al activismo, otros más bien surgidos del mismo movimiento social. Ese rol de aglutinador es algo que siempre recuerdo en él y tal vez fue su rasgo más significativo. Fue justamente eso, que con su muerte, perdimos.
Así que este día que pasamos la posta de su memoria a nuevas generaciones de jóvenes académicos, estudiantes, activistas sociales, por medio de una escultura que da cuerpo al mejor de nuestra generación, lo hacemos no solo para que El Conejo no muera, sino para que anime a nuevas generaciones a sus propias búsquedas y a sus propias inconformidades, incluso con la inconformidad dominante.
Gracias.
Quito, 30 mayo 2012  


Para saber más:

Un pensador en el espacio público, Municipio de Quito, 31 mayo 2012
Parque Cultural Fernando Velasco en FLACSO, Quito

Escultura de Fernando Velasco Abad en la FLACSO





La Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) Sede Ecuador
tiene el agrado de invitar a usted a la

Develización de la escultura en homenaje
al extraordinario intelectual y luchador social ecuatoriano

Fernando Velasco Abad


Miércoles, 30 de mayo de 2012, 12h00
FLACSO Ecuador
Calle La Pradera E7-174 y Av. Diego de Almagro, Quito


  » Un pensador en el espacio público, Municipio de Quito, 30 mayo 2012

Fernando Velasco Abad: Una vida de búsqueda, por Enrique Ayala M.

Gurbuz de Calismar
El 9 de septiembre de 1988 se realizó un acto de conmemoración del décimo aniversario del fallecimiento de Fernando Velasco. Allí intervine con las palabras que se transcriben a solicitud de la FENOC, la Corporación Editora Nacional y un grupo de amigos del Conejo. Me parece pertinente publicar e1 texto en este volumen de Procesos (Revista Ecuatoriana de Historia, No 12, Corporación Editora Nacional, Quito, 1998).


Estar aquí reunidos recordando a Fernando Velasco Abad no tendría sentido si éste no fuera un acto que da continuidad a una búsqueda iniciada por él desde las raices de su propia infancia. Porque ni a él le gustaban los elogios fúnebres de momificadas figuras del pasado, ni nosotros estamos para canonizarlo, transformándolo en un habitante más de ese retablo construido en la lucha laico confesional cuyos campeones son el Mártir y Vengador del Derecho Cristiano, el Santo del Patíbulo, por un lado y San Juan Montalvo por otro.

Estamos aquí para seguir buscando, porque más que ninguna otra, la búsqueda fue la característica fundamental de su espíritu inquieto, crónicamente insatisfecho, al tiempo que brillantemente creador.

Nacido al filo de la mitad de nuestro siglo, al Conejo Velasco le tocó vivir, como a muchos de nosotros, una vida cruzada por grandes transformaciones tanto en el país como en el mundo. Como que en medio del camino, entre los cincuenta y los setenta, varias veces nos movieron el piso y tuvimos que aprender a entender la rea1idad una y otra vez hasta ir encontrando formas cada vez más definidas y comprometidas de pensamiento y acción.

Una vida internacional caracterizada por el dominio de figuras como Churchill, Pío XII, Eisenhower y Stalin se vio de pronto turbada por remezones como la Revolución Cubana y el Concilio Vaticano 11. Y el Comandante Fidel Castro y Juan XXIII fueron, entre otros, referentes de una ola contestataria que
inundó América Latina con los ritmos de los Beatles y de Inti Illimani; que pintó paredes y cercas con las tintas de los muros de París del 68 y con la brocha gorda de nuestras protestas universitarias; que vivió con igual intensidad la campaña por detener los bombardeos de Vietnam y la lucha por el triunfo de Salvador Allende, figura máxima de la capacidad de victoria y resistencia de todo nuestro pueblo latinoamericano.

Un país propiedad de grandes señores de la tierra, de la banca y el comercio, que disputaban parcelas de poder sin abandonarlo jamás ni por mal sueño, alternando enfrentamientos confesionales y actos de irrupción caudillista bien controlados; se halló en cortos años envuelto en un proceso rápido de
modernización y reacomodo, que ya no podía ser explicado por el tradicional discurso de los tradicionales entendidos en la abogacía, los poemas provincianos y las biografías de los héroes. Un país en cambio brusco tenía que ser explicado con nuevas formas de ideología para que, pese al remezón, todo quedara igual al fin; o tenía que ser entendido desde perspectivas científicas y revolucionarias que coadyuvaran al avance de los protagonistas de su propia liberación.

Porque en la base de todo este panorama estaba el pueblo. Los trabajadores ecuatorianos, como los de otras tierras de Latinoamérica, movían el piso, avanzaban en conciencia y organización. Esto que generalmente lo vemos al último, estaba en realidad primero en todos esos años. Indios y campesinos en lucha por la tierra, obreros en búsqueda de mayor fuerza orgánica y de su unidad necesaria y prometedora.

En medio de todo esto transcurrió la vida de búsqueda del Conejo. Nacido en un hogar laico, de una brillante dinastía de maestros; aprendió desde niño el ejercicio del estudio y de la crítica, la avidez por la lectura y la charla productiva. Su talento, sin duda uno de los más altos del Ecuador, se ejercitó en esa disciplina que saben infundir nuestros viejos normalistas. A una edad récord concluyó la secundaria para ingresar luego a la Universidad Católica del Ecuador justamente cuando una nueva generación hacía soplar en ella vientos de cambio.

Desde entonces fue activo protagonista de un proceso de transformación académica y política de grandes repercusiones, cuya figura referente fue Hemán Malo González, muerto hace justamente cinco años también en medio de la persecución y de la búsqueda.

Pero la Universidad Católica no fue solamente el espacio de su formación; de su participación política inicial; del hallazgo de compañeros y amigos entrañables, muchos de los cuales estamos hoy aquí; del comienzo de su vida como profesor universitario, también a una edad récord; sino que significó su
encuentro con la posición humanista cristiana en trance de avance y ruptura. Esta circunstancia de no haber nacido en la corriente cristiana tradicional y no haber vivido en sus primeros años la cruzada apologética, sino de haberse topado con ella en el seno institucional de la universidad y maestros que
expresaban su crisis y su urgencia de transformación, enriqueció enormemente la vida, el pensamiento y la práctica de Fernando Velasco.

La tradición secular del laicismo que reivindicaba los avances democráticos del Ecuador de la primera mitad del siglo XX, pero que afrontaba la crisis del agotamiento del debate confesional, se encontró en sus años de estudiante con la tradición humanista cristiana, tan profundamente enraízada en nuestro
pueblo, empujada por el Concilio y por Medellín al compromiso con los pobres y con sus luchas. Este encuentro y la urgencia de superación de esas crisis paralelas, dos caras de una misma realidad más de fondo, lo lanzaron a la búsqueda de nuevas formas de entender la doliente realidad de América Latina y del Ecuador.

Transitando por las categorías de desarrollo, subdesarrollo, marginalidad, dependencia, dialéctica histórica, con las connotaciones ideológicas y teóricas que ello implicaba, llevó al Conejo a una propuesta interpretativa del desarrollo histórico del Ecuador. Su tesis de grado, trabajo en que rivalizan su brillantez, su calidad académica con su claridad, como lo destaca Moreano, fue en 1972 el documento más lúcido producido entonces sobre nuestra realidad. Pocas obras mantenidas inéditas por largo tiempo habrán tenido más copias circulando para discusión.

La obra es pionera en muchas de sus facetas. Luego de los cuarenta en que Benites Vinueza produjo su Ecuador: drama y paradoja que marca la transición del ensayismo en la interpretación histórica, se producía la primera interpretación general. Actores colectivos, causas estructurales, esfuerzo de periodización a partir de las realidades económicas y sociales, inserción en el panorama mundial. Todo ello con gran esfuerzo crítico, desafiante en más de un tema, como el de la reivindicación de García Moreno, cuya caracterización y la de su régimen denotan una madurez intelectual que superó de lejos el debate liberal conservador que dominaba las obras publicadas hasta estos días como novedad editorial.

Pero Ecuador: subdesarrollo y dependencia a estas alturas ya un clásico, no fue, no podía serlo, solo un ensayo académico; fue un instrumento de formación y de polémica política. A la vista de sus páginas abiertas se han escrito más de una docena de obras que pretenden, con magros resultados, ofrecer visiones alternativas de nuestra realidad. Hasta en ello la obra es fundamental, puesto que provocó la producción de otras, publicadas antes y con mucha mayor suerte editorial, puesto que tuvo que esperarse hasta 1979 para que apareciera una primera edición que, una vez agotada, no ha vuelto a aparecer a 10 largo del último sexenio.

Velasco no se agotó en su labor universitaria, que también abarcó docencia en la Universidad Central del Ecuador, de la que fue profesor por largo tiempo; su acción se extendió al frente campesino. Y su presencia allí fue también tan impactante como fuera de lo convencional. Trabajó en instituciones vinculadas a las corrientes cristianas y colaboró cada vez más estrechamente canta FENOC y el movimiento campesino. Tras un período de maduración y conflicto participó activamente en el establecimiento de la CEDOC socialista, institución que habiendo nacido al calor de la influencia clerical y conservadora ha llegado a ser definido vehículo de organización de los trabajadores y coadyuvante fundamental en el proceso de la unidad de las fuerzas populares del Ecuador, cuya expresión más alta constituye el Frente Unitario de Trabajadores, FUT. Su acción en este frente fue desde entonces lo crucial de su vida, como lo han dicho otros oradores.

Así, en el corto tiempo de como dos décadas de búsqueda inquieta y cada vez más comprometida, Fernando Velasco transitó por las vertientes más hondas de la identidad de nuestro Ecuador y llegó a la sistematización de sus propuestas académicas sobre la historia socio-económica, el problema campesino y el imperialismo, desde la perspectiva del marxismo, llegando a realizar una de las
contribuciones más originales y enriquecedoras a la interpretación socialista científica de nuestra Patria.

Y, desde luego, semejante posición y semejante lucha asimiladas críticamente no podían sino desembocar en los reiterados esfuerzos que hizo Velasco junto con muchos otros, por hallar caminos de construcción del socialismo en el Ecuador y América Latina, por constituir organizaciones políticas como el Movimiento Revolucionario de Trabajadores (MRT) que negaran el reformismo en su
práctica militante y contribuyeran a la unidad de las fuerzas de izquierda y sectores populares organizados en su lucha por la revolución.

Fueron tantos y tan amplios los campos de trabajo de Velasco, fue tan rica su acción y tan prolífica su capacidad de planificar, que resulta difícil imaginarse que estaría haciendo ahora. Su sentido de originalidad y de búsqueda lo habrían llevado más lejos que nuestra propia imaginación. Pero cualquier cosa que estuviera haciendo hoy el Conejo sería dentro de su vocación cada vez más definida de intelectual comprometido y de militante sin dobleces. Estaría sin duda ahora organizando la protesta, afinando las condiciones de la lucha, escribiendo hasta la madrugada, no las razones de la suspensión de la lucha de clases en homenaje a buenas conexiones en el poder, sino los puntales de una batalla ideológica que habría de continuar sin descanso por esos caminos de la Patria como aquel en que encontró la muerte hace diez años.

Fue tan rico y tan multifacético el Conejo que resulta difícil definirlo. Sus adversarios en la derecha le decían comunista. Los comunistas lo acusan de social-demócrata. Los ideólogos liberales no le perdonan sus presuntos "devaneos católicos". Pero claro, ni era comunista, ni social-demócrata, ni
católico. Fue un hombre cuya fuerza fue la búsqueda hasta los bordes de todas las ortodoxias, pero con un compromiso cada vez más claro. Era, más allá de todo, un revolucionario, un combatiente imaginativo, definido y honesto por el futuro revolucionario que construyen los trabajadores.

Estamos aquí por eso, no para lamentar su pérdida, sino para reactivar su vocación de búsqueda de nuevos caminos para las ciencias sociales comprometidas, de nuevas y más avanzadas formas de organización y unidad del pueblo ecuatoriano, de recuerdos entrañables que nos unen como amigos
y compañeros hasta más allá de sus años de presencia y hasta más allá de esta década de ausencia. Porque si renundáramos a este prurito de buscar qué le era propio y a la brillantez de encontrar la sencillez y claridad que nunca le abandonó, estaríamos renunciando a nosotros mismos.

Cuando comencé a escribir estas palabras mi intención era presentar el legado académico e intelectual de Fernando velasco Abad, especialmente a quienes no le conocieron. Confieso ahora que al acercanne a este punto he ido alternando mi intención original, puesto que no puedo, menos mal, hablar del Conejo cientista social y dirigente sin rememorar también al compañero de estudios primero y luego de cátedra, al amigo entrañable con quien vivimos una diversidad de luchas y de experiencias.

Haría mal si dijera aquí que hablo en nombre de todos los que podrían decir lo mismo, pero creo que puedo decir por muchos que si su muerte fue uno de los más dolorosos momentos vividos por una generación, su vida, no por truncada lejana para nosotros, es cada vez más, un referente intelectual y
político, así como su recuerdo nos une para sentirlo irreversiblemente propio.

Nadie es dueño de su memoria, que no es ni siquiera ya de su familia o de alguna fórmula institucional, sino de los trabajadores del Ecuador, del futuro revolucionario de nuestro país y de América Latina. Pero el día que nos congregamos aquí para recordar su muerte, vamos más allá de la fría madrugada
del 9 de septiembre de 1978 cuando encontró su destino en el borde de una peña, nuestro barro al fin, para avanzar por ese no terminado camino de búsqueda que recorrió en su vida, tan cercana a la propia, como inmensamente querida.

Semblanza de Fernando Velasco Abad, por Raúl Borja N.


I. La etapa

Fernando Velasco Abad nació el 27 de abril de 1949 y falleció el 8 de septiembre de 1978, poco antes de cumplir treinta años. Este hecho trágico marcó el inicio del fin de su mayor proyecto como ser político, esto es, la construcción del Movimiento Revolucionario de los Trabajadores. Es difícil reconocer esto pues, además de otras razones, aquello implica admitir la fragilidad de un proceso social, político e ideológico que se perfilaba como alternativo a la incidencia de la tradición comunista y socialista desde la década de los veinte del siglo pasado en el Ecuador.

En efecto, la presencia del PCE estaba demasiado identificada (hasta hoy) con la búsqueda y el feliz encuentro de la burguesía nacional, dentro de los pliegues de los gobiernos de turno y, por lo tanto, estaba embriagada con los melosos beneficios de palacio (hasta hoy). La otra tendencia histórica de izquierda, la socialista, revelaba en los años 70 del pasado siglo, como nunca antes, dos características históricas del socialismo ecuatoriano: una, la división interna con la consiguiente conformación de fracciones de liderazgo más que todo personal (socialistas revolucionarios, socialistas amarillos, reformistas, sindicalistas y fracciones locales importantes que se han manejado siempre con autonomía); otra, su apego a la lucha sindical, económica, de los gremios de trabajadores, con una visión reduccionista. Aparte de estas dos expresiones legendarias de la izquierda ecuatoriana (PCE y PSE) que había subsistido medio siglo, en los años 70 había en el Ecuador otras manifestaciones de izquierda encarnadas más que todo en grupos auto-considerados “la vanguardia”, unos intentando sin éxito retar al sistema con las armas, aunque sin llegar a dar combates estratégicos, otros, más o menos entregados en sus claustros a la lectura de los textos clásicos de la izquierda mundial, en particular de V.I. Lenin y su famoso ¿Qué Hacer?.

II. La persona

Fernando Velasco Abad, a inicios de los años 70, siendo muy joven aún, traía bajo su brazo un brillante desempeño como Profesor de Economía Política en tres espacios académicos más importantes entonces que ahora: la Universidad Católica (Facultad de Economía), la Escuela de Sociología (Universidad Central) y la Academia de Guerra del Ejército. Por sus relaciones académicas con lo más progresista de los Jesuitas, tendencia liderada por el sacerdote y filósofo Hernán Malo González S.J., Fernando Velasco Abad se conectó en esos días con el INEFOS, un espacio de formación de las bases de la CEDOC (democristiana), y pasó rápidamente a ser su líder de formación de lo más selecto de sus bases. Él era un laico (por formación y tradición familiar) aunque estaba fuertemente impactado por las nuevas corrientes de pensamiento social y acción política que eclosionaban dentro de la Iglesia Católica Progresista, bajo el paraguas de la Teología de la Liberación y la influencia ética de Camilo Torres.

En esos ambientes, Fernando Velasco Abad se “conectó” con sobrada fluidez con una fracción del MIR que desde los inicios de los 70, hacía un denodado “trabajo sindical”, particularmente entre los trabajadores eléctricos, y convivía en los barrios de tradición obrera de Quito, en una romántica búsqueda del “ser proletario” apenas visible entre los patios húmedos y los talleres artesanales de Chimbacalle y la Ferroviaria Alta. Así fue como arribó a la militancia sindical y política, misma que se respaldaba, desde lo teórico e histórico, con sus sesudas lecturas de dos corrientes del pensamiento mundial de izquierda: Carlos Marx, Rosa Luxemburgo y Kautski, de una parte; y de otra, la Teoría de la Dependencia con sus grandes polos de construcción de pensamiento: México (Ruy Mauro Marini) y Santiago de Chile (Theotonio Dos Santos). No olvidemos que todo esto resonaba con ese auténtico tremor revolucionario latinoamericano, con el Che muerto en Bolivia, con Salvador Allende empezando su glorioso experimento del Socialismo a la Chilena, y con los intelectuales latinoamericanos entre impactados por la Masacre de la Plaza de las Tres Culturas, México DF, y el boom de la mágica literatura de este pedazo de planeta.

III. El proyecto político

A una velocidad casi meteórica, Fernando "El Conejo" Velasco, pasó a ser el ideólogo de un proyecto político que empezó a llamarse la URT (Unión Revolucionaria de Trabajadores, 1974), y que devino en el MRT (Movimiento Revolucionario de Trabajadores, 1977). Este proceso no derivaba del desempeño académico de El Conejo, mismo que siendo de gran importancia y brillantez en su corta vida, no ocupaba la parte medular de su preocupación como Ser Político. Esa parte se hallaba enraizada y floreciente en la militancia de Fernando Velasco, que avanzaba en una espiral dialéctica desde el espacio de formación sindical referido (CEDOC-FENOC), hacia la estructuración de un pensamiento genuino, de izquierda socialista, sobre la construcción de un movimiento de clase trabajadora, no un partido político, todo esto en medio del trabajo de formación de lo que entonces se llamaba “los cuadros políticos” que aparecían como brotes de soya en las cooperativas agrícolas arroceras de la Costa, en las fábricas y talleres manufactureros de las ciudades, y también en las universidades ecuatorianas.

Este elemento es importante destacar, pues para El Conejo Velasco, la “línea divisoria” entre lo uno y lo otro, lo sindical y lo político, o lo corporativo y lo partidario, era tenue, bajo ciertas condiciones por supuesto. En muchas ocasiones, las asambleas del MRT eran las asambleas de los campesinos, indígenas, obreros y artesanos de la CEDOC-FENOC, ya en Quito, en el suburbio de Guayaquil, o en la lejana ciudad de Macará. En todos los casos el sueño era similar: el Movimiento de los Trabajadores, y la verbalización (la retórica del Socialismo) arrancaba pasiones a todos. En esos años, el movimiento sindical se alimentaba en tres vertientes necesarias y complementarias: la lucha por mejores condiciones de vida (contra la explotación capitalista); la lucha contra el Estado capitalista (la opresión de la burguesía como clase en el poder); y la lucha ideológica, que Fernando la planteaba con énfasis, con un fuerte contenido de cambio de valores éticos y culturales, afirmando que la ideología revolucionaria en ciernes se asienta en la libertad, la responsabilidad, la solidaridad y la apropiación de las conquistas universales por parte de los trabajadores que aquí, o allá, en todo el planeta, estaban siendo tratados por el capitalismo como “trozos de carne apta para preparar las hamburguesas”…

IV. Personaje y proyecto

En el proyecto de construcción del Movimiento Revolucionario de los Trabajadores, Fernando Velasco Abad fue más que todo un Educador. ¿Qué clase de Educador? Empiezo resaltando aspectos importantes de “forma” que hacían a nuestro personaje. Él era un didacta, no sé si por vocación y/o por influencia de su madre y su padre, ambos notables educadores formados en la didáctica alemana laica de los institutos pedagógicos más tradicionales. Fernando era muy ordenado en las estrategias de transmisión-recuperación-síntesis del conocimiento. Lo recuerdo como un planificador cuidadoso de las intervenciones y un excelente sistematizador de los aportes de sus interlocutores. Siendo un teórico, Fernando el educador era un inductivista que buscaba que los otros vayan descubriendo sus saberes en el camino, antes de arribar al armado de un modelo de pensamiento abstracto. En lo antes dicho, no estoy pensando en el académico, sino más que todo en el formador de los cuadros políticos dentro de las cooperativas agrícolas arroceras, los sindicatos fabriles y otros espacios similares de los trabajadores.

El Conejo era un educador ideólogo, que daba gran importancia a los valores de vida que deben constituir lo sustancial del cambio de pensamiento y de la búsqueda de nuevos derroteros políticos. Lo recuerdo siempre con sus “cuadernos tipo universal”, con su “pluma fuente” de tinta azul, sacándose de rato en rato sus lentes de intelectual para darse un fácil masaje en sus párpados… así, organizando esquemas y diagramas para sus intervenciones como educador ideólogo. En la academia, lo recuerdo enviando a investigar a sus estudiantes de Sociología las características concretas de la estructura agraria del Ecuador, y exigiéndoles precisión antes que lirismo en sus informes de lectura, esto como umbral antes de pasar a las lecturas de Kautsky y Lenin, sobre El Desarrollo del Capitalismo en Rusia; o, salvando las distancias, antes de arribar a la interpretación de los datos del Informe de la Comisión Interamericana de Agricultura (OEA), sobre la estructura de propiedad de la tierra en Ecuador hacia los años 60-70; pero también, previo al estudio crítico de los opúsculos de Pedro Saad (PCE) sobre lo que entonces llamábamos “El Problema Agrario en el Ecuador”.

Finalmente, rescato de alguno de sus escritos elaborados con sentido didáctico y finalidad política, una especie de decálogo de valores que debían caracterizar a los procesos educativos de los trabajadores:

“Valor de la dignidad humana; Valor de la libertad y de la responsabilidad; Valor de la promoción colectiva; Aspiración a reemplazar la propiedad privada de los medios de producción por su apropiación social; Aspiración a sustituir la primacía del beneficio particular por la primacía del trabajo como categoría económica y social dominante; Aspiración a poner al alcance de todos la instrucción y la cultura; Convicción dinámica de tener, los trabajadores unidos y en conjunto, la tarea de construir una sociedad justa; Aspiración profunda a una efectiva liberación; Impulso profundo a operar un cambio de civilización hacia un proyecto de civilización de real igualdad, libertad y responsabilidad…”

V. Epílogo: El proyecto muere antes del mediodía

El fin del proyecto político del MRT coincidió con el fin de la vida de Fernando Velasco Abad. Al margen de la coincidencia en el tiempo, los dos hechos tuvieron un marco general de referencia histórica, que es importante resumirlo. En 1977-78 el Ecuador estaba abocándose al “retorno a la democracia constitucional”, un proceso de “ordenamiento institucional” que dio a luz la etapa de re-conformación del poder burgués-oligárquico cuyos estertores aún los estamos viviendo. Ese proceso tendría a lo largo del tiempo tres aristas: de una parte, la recomposición del “modelo” de acumulación capitalista en el Ecuador, resultado de lo cual serían desplazados de su rol de liderazgo los obreros de la mayor parte de fábricas y empresas de tecnología atrasada, que era la que predominaba en el Ecuador de entonces: con esto, el sindicalismo (el soñado proyecto del FUT) perdería rápidamente protagonismo social y político, bien ganado en las décadas precedentes de lucha social. De otra parte, entre 1977-78 se abrió en el Ecuador una re-configuración política con el salto a escena de fuerzas liberal-socialdemócratas, que con su programa de construcción del Estado de Bienestar, aunque sea mediatizado, dejó sin piso las plataformas reformistas de la izquierda, misma que concebía la lucha reivindicativa, económica, de los obreros, como una “correa de transmisión” de sus propósitos partidarios. En esa contingencia, el FADI (Fernando Velasco Abad fue uno de los generadores del proyecto, en 1976-77) fue transformando su carácter, de frente electoral de izquierda, a apéndice de la Izquierda Democrática. En ese horizonte de retos y ambigüedades, el Movimiento Revolucionario de los Trabajadores liderado por Fernando Velasco Abad debatía, en cenáculo, si continuar como movimiento no-electoral, o legalizar su estructura dentro del Estado, o alinearse como un movimiento outsider a alguna de las fracciones del trotskismo internacional. El Conejo halló en Cuenca (1978) una fórmula de transición (él era un gran consensuador), misma que se tradujo en el eslogan electoral ¡SOLO EL SOCIALISMO ES DEMOCRACIA!

Poco antes él mismo nos había planteado:

“¿Cómo entendemos el movimiento de los trabajadores en una perspectiva revolucionaria? Lo entendemos como un hecho histórico, pensado y desarrollado por los mismos trabajadores, con un contenido y una acción transformadores, encauzados a la superación del sistema capitalista para la construcción de la nueva sociedad, conforme queremos y entendemos los trabajadores, donde la propiedad privada de los medios de producción sea reemplazada por la apropiación social de los mismos, donde tengamos libertad y democracia auténticas y donde el Estado cumpla con su finalidad de lograr el bien común para el desarrollo pleno del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres…”
Por último, la tercera “fatal coincidencia” que hubo entre la muerte de El Conejo y la debacle del proyecto político en ciernes, se materializó en el campo ideológico. La recuperación de la hegemonía de la alianza burguesa-oligárquica en 1977-78, a pesar de sus fisuras y contradicciones, implicó una paulatina derechización ideológica en el Ecuador, de modo que al pensamiento del cambio (reformas sociales, democracia genuina, justicia social, relaciones inter-culturales sin subordinación, etc.) le siguió el predominio de las ideas sobre el crecimiento económico como base para la justicia social, el progreso como condición de la conquista individual del bienestar, la economía social de mercado, el liderazgo como paradigma del cambio social en lugar de la construcción de una cultura política moderna en el conjunto de la sociedad, por último, el individualismo como paradigma de la vida opacando a la organización social como artífice de los cambios, etc.

Entonces, poco antes de su partida, Fernando Velasco Abad escribía:

“En resumen, más peligroso aún que las ideas que la clase dominante nos pone en la cabeza, es el hecho de que nos ha metido una forma de pensar, de razonar y de actuar, de tal manera que bien podemos decir que es como si llevásemos un capitalista adentro…”

16 de octubre de 2011


* También incluido en: La Hora de los Trabajadores, 29 Nov. 2011

Su compañerismo caminante, siempre...


Fotos de Riobamba, La Sultana de los Andes

Muchos escribirán muchas cosas consistentes, impresiones, en tanto tiempo hay acumulación de ideas y afectos.

Yo recuerdo su paso breve por Riobamba, mi ciudad, su prisa y su compañerismo caminante siempre. Alguna broma y alguna sonrisa que disparaba a los amigos que escuchaban sus pensamientos anticipados a los hechos.

Así lo vimos y así lo recordamos, como la voluntad de estar adelante, no después.

Padre Estuardo Gallegos
Riobamba-Chimborazo

Obras de Monseñor Proaño se publican  (Diaro La Prensa, Riobamba, 13/10/2011)
Historia de Alausí y el Instituto de Investigación Histórica de Alausí promovido por Estuardo Gallegos
Taita Leonidas Proaño, discípulo del pueblo, por Patricio Del Salto, Boletín ICCI-RIMAI, Año 3, No. 29, agosto del 2001
Municipio de Riobamba